Así es cómo el tratado comercial con EE UU afectó a la salud de canadienses

Un estudio revela los posibles efectos sociales y sanitarios de estos acuerdos

JAVIER SALAS/El País/18 JUL 2017 – 11:27. Los tratados de libre comercio, como el TTIP o el CETA, son enormemente discutidos y estudiados desde la perspectiva política y económica, pero otras consecuencias sanitarias y sociales han recibido mucha menos atención. Para cubrir esa laguna, un grupo de prestigiosos especialistas en salud pública decidió poner la lupa sobre un experimento natural que les permitía observar sus efectos con detalle. Se centraron en los frutos del tratado que firmaron Canadá y EE UU en la década de 1990, el NAFTA, que ha sido el modelo para muchos de estos acuerdos. El resultado, notablemente negativo para los canadienses, habla mal del esfuerzo de su gobierno por proteger su salud de las derivadas nocivas de este tratado. Pero también de los riesgos que estos acuerdos pueden suponer para la salud de las poblaciones de los países implicados.

Al estudiar estas consecuencias, los investigadores de las universidades de Oxford y Stanford, entre otras, encontraron que un pequeño detalle había tenido una influencia muy negativa en la alimentación de los ciudadanos de Canadá: la eliminación de aranceles para un tipo muy concreto de edulcorante, el jarabe de maíz de alta fructosa. Este endulzante, de peor calidad que otros y muy vinculado a la obesidad porque no sacia, se usa masivamente en la industria alimentaria de EE UU en todo tipo de comestibles ultraprocesados y bebidas azucaradas.

Las consecuencias de abrirle las fronteras al endulzante fueron devastadoras: el consumo diario de calorías se triplicó entre los canadienses, la diabetes se duplicó y la obesidad se triplicó. “Nuestros resultados muestran cómo un cambio aparentemente pequeño y posiblemente discreto en los aranceles dentro de los acuerdos de libre comercio puede conducir a un cambio sustancial en las dietas de las personas, a su exposición a ingredientes peligrosos, con consecuencias sobre la obesidad y los efectos para la salud derivados”, resume Pepita Barlow, economista de la salud del departamento de Sociología de Oxford.

Los investigadores explican que la reducción desproporcionada de aranceles entre 1994 y 1998 para este edulcorante provocó lo que llaman un efecto de sustitución peligrosa: cambiar un ingrediente por otro peor para la salud que repentinamente es mucho más barato. En este caso, el jarabe de maíz sustituía a azúcares de caña o remolacha, y que además se extendió por toda la dieta de los canadienses. Después de una década en la que el consumo de kilocalorías en edulcorantes se mantenía estable en torno a las 20 kcal de media entre los canadienses, justo a partir de 1994 se disparó su consumo hasta alcanzar las 63 kcal en 1998, cuando se produjo la última reducción arancelaria.

La obesidad en Canadá se triplicó entre 1985 y 1998, pasando del 5,6% de la población al 14,8% (hoy son el 38%). En la década posterior a la entrada en vigor de estas nuevas reglas comerciales, la prevalencia de diabetes pasó del 3,3% de la población al 5,6%. “Nuestro análisis de los efectos del NAFTA plantea la preocupación de que los nuevos acuerdos comerciales puedan perjudicar la salud de la población si la reducción de los aranceles conduce a un aumento de la oferta y el consumo potencial de alimentos nocivos”, concluyen los autores, que publican su trabajo en la revista de la Asociación Médica Canadiense (CMAJ).

Para comprobar que era una situación exclusivamente derivada del NAFTA, los científicos analizaron la evolución de estos datos en otros 16 países que no tenían un acuerdo comercial similar con EE UU en esas fechas, como Reino Unido, Australia, España o Alemania. En todos, salvo Canadá, se mantuvo estable el consumo de calorías de edulcorantes, por lo que parece haber algo más que correlación. Hasta el NAFTA, había una tendencia al aumento de la obesidad, pero la entrada barata en Canadá de ese endulzante tan ligado a la ganancia de peso llegó en un momento crítico que terminó por multiplicar el efecto de otras medidas, como la publicad agresiva de comida basura y refrescos.

A los especialistas en salud pública no les cabe duda de que son nocivos y se han posicionado en contra de este tipo de tratados argumentando, entre otras cosas, que reducen la capacidad de los estados de defender el interés de sus ciudadanos frente al de las empresas. Y este estudio consolida un campo de investigación que ya había identificado cambios en la dieta de poblaciones, y aumento de la obesidad, que coincide con la puesta en marcha de estos tratados y otras políticas de liberalización comercial. “Por ejemplo”, explica Barlow, “nuestro análisis publicado a principios de este año identificó numerosos estudios en América Latina y en Vietnam que documentaron incrementos en el consumo de comida rápida, refrescos, azúcar, grasa y carne después de entrar en el comercio estadounidense”.

En 2015, la Asociación Europea de Salud Pública (EUPHA, por sus siglas en inglés) se posicionó en contra del tratado TTIP que vinculaba a EE UU y a la UE al considerarlo una “amenaza contra la salud pública”. Mencionaban riesgos para el precio de los medicamentos, pérdida de recursos de los países para compensar a las multinacionales, problemas en el etiquetado o maniobras interesadas de la industria del tabaco. El presidente de EUPHA, Martin McKee, también firma este estudio sobre el NAFTA junto a David Stuckler, uno de los mayores especialistas en cómo afectan a la salud este tipo de factores sociopolíticos. La Sociedad Española de Salud Pública (SESPAS) también publicó un duro posicionamiento contra el TTIP “porque quita poder a los estados y se lo da a las compañías”, según su presidenta, Beatriz González.

“Sustraen fuerza al poder judicial para dárselo a arbitrajes vinculados a los litigios entre compañías, se desarrollan en completo secretismo, comprometen el derecho de los gobiernos a legislar por el bien público y abren la puerta a productos peligrosos al exigir condiciones más permisivas”, enumera González. La catedrática de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria considera que todos estos motivos son más poderosos para oponerse a estos tratados que el demostrado en el experimento natural del NAFTA en Canadá. “En general, abrir barreras arancelarias sería una buena idea”, asegura González, “porque también puede permitir el comercio de alimentos saludables”.

Barlow considera que es más que posible que los aranceles más bajos puedan promover el comercio de productos saludables como frutas o verduras. Pero, según explica la investigadora de Oxford, la probabilidad de que esto suceda depende de las ventajas comparativas de los países que entran en los acuerdos comerciales. “Una de las razones por las que analizamos un acuerdo comercial con EE UU es que su sector de alimentos y bebidas procesados es altamente competitivo, lo que hace más probable una exportación del ambiente alimentario obesogénico”, indica, en referencia a un escenario en el que la comida basura está demasiado presente y es más accesible.

Barlow asegura que si los acuerdos de libre comercio son buenos o malos para la salud no es un asunto de blancos y negros, sino que se trata de identificar con precisión cómo promueven o socavan el bienestar, por qué razón, quién lo hace y cómo se pueden aprovechar sus efectos. “Sin embargo, aunque sus causas y consecuencias políticas y económicas han sido bien investigadas, actualmente se sabe muy poco acerca de cómo afectan a la salud y el bienestar de las personas y en quiénes se concentran estos efectos”, plantea la científica.

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