“El machismo persiste en orquestas de todo el mundo”

La intérprete que Karajan metió con 23 años en la Filarmónica de Berlín pese a la oposición frontal de los músicos, actúa en Madrid

JESÚS RUIZ MANTILLA /El País / Madrid 25 ABR 2017 – 03:34. El tiempo ha dado de sobra la razón a Herbert von Karajan con respecto a Sabine Mayer. Por algo el maestro se la jugó por ella. Corría el año 1983 y quiso romper un tabú. “Lo que aprendí a su lado, me ha servido para toda mi carrera. Fue el músico más grande que he conocido en mi vida”, asegura hoy la intérprete alemana.

No le faltan motivos. La entonces jovencísima clarinetista, con sólo 23 años, despuntaba como un prodigio y el director se empeñó en meterla dentro de la Filarmónica de Berlín. De sus 120 miembros, 119 eran hombres con la única excepción de la violinista Madeleine Caruzzo.

La mayoría de los músicos se opusieron frontalmente a la entrada de Meyer… Pero por su inexperiencia, decían. O por miopía, podemos pensar hoy sin miedo a equivocarnos. El caso es que se abrió una crisis que a punto estuvo de hacer salir al líder. Fue una brecha más que profunda. Tampoco es que Karajan representara el colmo de la modernidad. Más bien ha pasado a la historia, aparte de por su increíbles y visionarias dotes artísticas, como un paradigma de autoritarismo egomaníaco. Y había algo contra lo que de ninguna manera transigía: no poner barreras al talento.

Los músicos se enrocaron. Les amenazó con no grabar los siguientes discos previstos y hacerles perder unos 27 millones de marcos de entonces (8,6 millones de euros). Ganó el pulso y con ello el del comienzo de una batalla por la igualdad y la apuesta por la juventud en una orquesta que comenzaba a parecer un geriátrico eminentemente alemán.

Hoy, a sus 58 años, Sabine Meyer es una de las solistas más reconocidas en todo el mundo. Ha colaborado con cerca de 300 orquestas desde entonces y se ríe un poco de aquello. Actúa este lunes en Madrid –Auditorio Nacional, junto a la orquesta sinfónica Camera Musicae, con Tomás Grau como director y con el concierto para clarinete de Mozart KV 622- y ha preferido dejar atrás aquel episodio en concreto: “Han pasado tantos años, que temo haberlo olvidado”, dice.

No porque le parezca algo superado. Si no porque le resulta más urgente hablar de un presente en el que el machismo perdura: “Ese cambio de mentalidad no se ha producido. Lo que me ocurrió, ese machismo, persiste en muchas orquestas y contra muchas mujeres en varias partes del mundo año tras año”, asegura. “Como para tantas mujeres, algunos episodios de mi carrera han sido más complicados para nosotras que para cualquier hombre. Sólo espero que el ejemplo de aquello anime a muchas a luchar y atreverse en consecuencia”.

Pero es Mozart, de nuevo, quien la trae de vuelta a Madrid después de que hayan pasado 18 años desde su última visita como solista. No como miembro de una orquesta o grupo de cámara. Tampoco como turista: “Vengo a menudo a España. Adoro este país”. Mayer mantiene que hay que saber disfrutar de la vida para tocar el clarinete. “Me encanta regresar para tocar este concierto de Mozart. Es sencillamente la mejor pieza para mi instrumento que se ha escrito nunca. Una obra maestra enriquecedora y excitante. Por más que la toques, nunca suena igual”.

Lo escribió para su amigo Anton Stadler, el mejor clarinetista de la época. Stadler buscó que se adaptara a la perfección a un instrumento que acababa de diseñar junto a Theodor Lotz. “Ambos crearon el clarinete basset, que tenía cuatro tonos más que el normal de entonces”. Es el instrumento que utiliza hoy Meyer y el que se fue imponiendo con toda normalidad por los siglos de los siglos. Algo que aún le queda a la igualdad de la mujer en un mundo –el de las orquestas- donde perduran incómodas barreras

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