Las mujeres, los corsés y el tamaño de sus cerebros

Jacky Fleming hace un repaso afilado e irónico sobre la historia femenina en su último libro, ‘El problema de las mujeres’

ISABEL VALDÉS/El País/4 ENE 2018 – 04:18. Al principio de los tiempos no había mujeres. Luego aparecieron algunas, pero con la cabeza pequeña, así que solo podían coser y jugar al croquet. Más tarde se supo que no podían salir de noche porque tenían una visión nocturna nefasta y eran demasiado sensibles, así que siempre estaban en casa llorando, a veces como histéricas; además, las primeras mujeres no corrían rápido, eran propensas a los sofocos y su cerebro era más pequeño que el de los hombres (y de un material blando, ligero y esponjoso).

Ruskin lo dijo: “El intelecto de la mujer no está hecho para la invención o la creación… Su gran cometido es la glorificación”. Parece más que claro por qué no aparecen en los libros de historia y Jacky Fleming (Londres, 1955), que quería dar una explicación a esta ausencia femenina, decidió crear un libro para argumentarlo, El problema de las mujeres (Anagrama, 2017); un recorrido afilado, irónico e ilustrado que convierte el pasado en una especie de narración alternativa que viene a contar, por fin, por qué la literatura, la ciencia, la biología, la astronomía o el deporte están llenos de nombres masculinos y vacíos de femeninos.

“Durante mucho tiempo nos engañaron y nos hicieron creer que lo normal es que ellos salgan al mundo y ellas no; esa creencia nos impide intentar cambiar las cosas”, explica Fleming, que se remonta unos cuantos siglos para describir (parte) del origen del problema: la esfera doméstica. Ese lugar donde las mujeres hacían cosas sencillas como cuidar a los hijos, lavar, coser, fregar y picar carbón. Asegura que, una vez se es consciente de todos los trucos que se han utilizado para mantener esa esfera, cambia la forma en la que se ven las cosas. “Todos los métodos utilizados durante siglos han creado la ilusión de que la desigualdad es normal: no permitir que las niñas reciban educación o no darles los medios para ser económicamente independientes, o leyes haciéndonos propiedad de nuestros maridos, o científicos diciéndonos que somos inferiores, y especialmente dejando los logros de las mujeres fuera de los libros de historia”.

El resultado, según ella, es la creencia de que las mujeres no son tan válidas como los hombres, y, con el tiempo, la realidad de esa premisa se hace bastante obvia. “Es algo que descubrimos por las malas, ¡nadie te lo advierte!”. Para evitarlo, para poder reaccionar cuando algo no está bien de forma temprana, cree imprescindible que las mujeres jóvenes sean quienes estén más al tanto: “Esto al final cambiará, aunque siempre haya gente intentando asegurarse de que no ocurra, como el equipo de hombres profundamente conservadores alrededor de Trump, intentando proteger sus privilegios”.

Contra esos grupos de resistencia, de las estadísticas, de las políticas y de cualquier otra desventaja, Fleming decidió hacer algo. “Una vez que me di cuenta de que lo que estaba pasando era una enorme injusticia, que nuestros libros de texto habían dejado fuera a la mitad de la raza humana (mi mitad), fue como despertar. Estaba absolutamente inspirada para comunicar eso al mayor número de personas posible”. Fue en la universidad, cuando la historiadora de arte Griselda Pollock le hizo ver que en sus libros de texto no había mujeres artistas: “Entonces me di cuenta del engaño al que había sido sometida durante años. Las personas que me inspiraron eran en su mayoría hombres: John Glashan, Edward Ardizzone, Ronald Searle… No era consciente de la ausencia de mujeres artistas en mi vida”.

Cuando lo fue, caricaturizó el pasado y convirtió la historia en algo accesible, popular y algo más completo. Nombres como el de Sarah Forbes Bonetta, una esclava africana que acabó siendo ahijada de la Reina Victoria por su inteligencia, o Nan Aspinwall, la primera mujer en cruzar a caballo Estados Unidos, son solo algunos ejemplos de nombres que Fleming ha rescatado a base de trazo y texto dentro de un mundo en el que también ellas siguen siendo menos visibles, en el que ellos siguen teniendo espacios reservados —como la caricatura política— y en el que todavía hay que luchar por el reconocimiento —y aquí Fleming recuerda la polémica del festival de cómic de Angulema, acusado de machismo en su edición de 2016 por no incluir a ninguna mujer entre sus finalistas—.

Si se le pregunta por utopías, problemas como el de Angulema jamás existirían. En el mundo ideal de Fleming hay un estudio amplio, silencioso y lleno de luz, con puertas a una gran terraza o un patio que por la noche se convierte en un lugar de reunión de artistas de cualquier edad y cualquier parte y donde se bebe, se habla y se ríe. No hay coches, ni ropa corporativa elegante, sí muchos perros y gatos y el mar empieza justo al final de la calle. No existe la violencia ni la crueldad, por lo tanto, tampoco el miedo: “No hay idiotas que arruinan nuestra vida, ni fascistas tratando de remodelar el mundo para calmar sus ansiedades”.

Dice que en ese universo la igualdad es tan fundamental para nuestras relaciones que el deseo de controlar o juzgar a los demás desaparece y que la avaricia es vista como un desorden de la personalidad profundamente antisocial. Nadie quiere más de lo que se necesita para una vida cómoda, y nadie se queda sin ella. Además, es un lugar en el que se puede desayunar en bañador. “Si sabes dónde está este lugar, envíame un correo electrónico inmediatamente y hago la maleta”. Y, aunque este es su mundo ideal, está convencida de que no hubiese elegido otro momento en la historia que vivir y que dibujar. “En cada momento de la historia, las feministas han tenido que cuestionar lo que pasa por normal en su época. Es lo mismo ahora. Y es un momento complicado, porque tenemos una ilusión de libertad”.

Una libertad que Fleming contrapone a la cantidad de mujeres que, por fin, hablan de los ataques sexuales que han sufrido: “Está claro que las cosas no son lo que parecen. Esas experiencias deben ponerse en un contexto político feminista más amplio, de modo que las niñas no experimenten todas las cosas horribles en privado y guarden silencio”. Para ella, saber que mujeres de todo el mundo pasan por lo mismo, que no es una casualidad ni una coincidencia, puede marcar la diferencia. “Esto es un asunto político, no privado, sobre poder y control. Creencias arcaicas que aún afectan a nuestra vida diaria”. Sentencia, firme, que tenemos que buscar aquello que nos es tan familiar que no podemos verlo.

¿QUIÉN ES JACKY FLEMING?
Fleming, dibujante, nació en Londres en 1955. Sus ilustraciones han aparecido en The Guardian, The Independent, Diva, Observer o Big Issue. Tiene siete libros publicados, el último, El problema de las mujeres, ganó el premio Artémisia de humor. Con ocho años garabateó un dibujo para colorear los espacios en blanco y crear un patrón abstracto. No recuerda no dibujar. Sí recuerda el color magenta de una caja de pinturas que le regalaron en el colegio, el verde de una pintura del que se enamoró cuando su abuela la llevó a una galería de arte en Londres y, cada día y con algún sollozo, a Edward Ardizzone, no el ilustrador, sino su gato, al que aupó por primera vez pensando que era el animal que más se estiraba del mundo, que vivió durante 23 años y que murió hace poco.

Tiene un huerto en el que trabaja mucho en verano, y en el que a veces no sabe si mirar o comer: “Cuando el manzano está cubierto de manzanas rojas, se parece al jardín del Edén”. Ahora acaba de terminar una serie de dibujos que harán de telón de fondo en las vitrinas de una exposición llamada A Woman’s Place; asegura que otro libro está formándose, “lentamente”; y está trabajando en el proyecto Little Free Libraries. “Donde las personas pueden dejar un libro y coger otro gratis. Están siendo puestas en todo el mundo; las nuestras son un poco diferentes porque las estamos pintando cuidadosamente, de modo que cada biblioteca sea también una obra de arte pública”.

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