Pasamos cuatro años de nuestra vida haciendo cola

Sí, como lo lees. ¿Por qué? ¿Cómo lo aguantas? ¿Hay algún truco para ahorrar tiempo?La ciencia lo explica e intenta ayudarte, pero asúmelo: da igual lo que hagas, tu fila siempre será la más lenta

Elena Sanz / El Mundo / 24/04/2017 17:16. Tres de marzo de 2017. LaS calles de Tokio están inundadas de hileras de gente esperando a que abran las tiendas de electrónica. Todo porque sale a la venta la Nintendo Switch, última consola de la firma nipona, y son muchos los que han decidido hacer todo lo posible para ser los primeros en probarla.

Tener acceso a tecnología puntera no es lo único que nos coloca en fila india aguardando turno. La recompensa de situarnos cerca del escenario en el concierto de nuestro artista favorito puede ser motivo suficiente para guardar cola durante horas, o incluso días. Y, aunque con más desgana, también hacemos cola en los controles de los aeropuertos, en el supermercado, en el cajero, en la panadería, en el cine, en un restaurante, en un atasco, en la sala de urgencias de un hospital, en la gasolinera, en el banco y en las oficinas de Hacienda.

Si hacemos un cómputo global, el ser humano del siglo XXI dedica una media de 5 años de su existencia a navegar por internet, 11 años a ver la tele, 115 días a reír, 27 días a esperar en la parada del autobús, del tren o del metro, y nada menos que cuatro años a guardar cola, casi los mismos que a comer. No es de extrañar que los científicos hayan decidido analizar este fenómeno universal que tanto tiempo nos roba.

Aunque solemos pasarlo por alto, resulta sorprendente que las colas se formen de manera espontánea, sin reglas escritas y sin que nadie nos instruya explícitamente sobre cómo hacerlo. «Cuando el número de personas que busca un mismo producto o servicio excede al número de personas disponibles para atenderles, se suele formar una hilera física de espera que empieza con el individuo más próximo al punto de atención», explica Dave Fagundes, profesor de Derecho de la Universidad de Houston y experto en este fenómeno. Es más, nos comportamos civilizadamente, incluso amablemente, y esperamos en orden a que nos llegue el turno. «Eso a pesar de que el resto de personas que guardan cola son extraños con los que, probablemente, no volvamos a cruzarnos en nuestra vida», puntualiza el investigador. «Es un caso excepcional de orden sin ley», añade.

«Ver largas colas de gente esperando civilizadamente es para mí la señal más clara y potente de que la cooperación de masas prevalece», asegura Fagundes. Es más, este comportamiento confirma la teoría evolutiva de la reciprocidad fuerte, que defiende que los humanos somos inherentemente altruistas. Y que nos mueve un fuerte instinto a colaborar, más potente que cualquier impulso egoísta. «Nos gusta la reciprocidad, tendemos a cooperar cuando vemos que otros lo hacen, sobre todo cuando nadie se aprovecha de nuestra generosidad», matiza el investigador. Porque el sentido de la justicia y de la igualdad están muy presentes cuando esperamos turno en fila.

¿Y qué pasa si alguien se la salta? Pues que es identificado por los demás como una amenaza para el orden. A veces se le ignora, porque no hacer caso ayuda a mantener la estabilidad de la cola. En otros casos se le reprende con abucheos y otras formas de censura, por lo general, pacíficas. Y el temor a ese reprobación es suficiente para pensárselo dos veces. «Seguimos las normas sociales porque buscamos la estima del grupo, porque ganamos estatus mostrándonos como seguidores de las reglas que el colectivo establece», explica Facundes. En otras palabras, es nuestra imagen lo que está en juego si nos colamos.

Eso no implica que no nos desesperemos haciendo cola. Más aún cuando vivimos inmersos en la cultura de la impaciencia. «Las expectativas han cambiado. Antes que esperar, las personas quieren ir allí donde consiguen lo que quieren: recompensas inmediatas», aclara a PAPEL Adrian Furnham, del University College de Londres. Vivimos en la era del I want it now (lo quiero ahora) que cantaba Queen. Y eso hace que a las estructuras cerebrales encargadas del autocontrol (la corteza cingulada anterior y la corteza prefrontal) les cueste más cumplir correctamente su misión.

“Son una señal clara de que la cooperación de masas prevalece”

A nuestros antepasados esa impaciencia les sentaba bien. Es más, se podía considerar un mecanismo de supervivencia. Porque aseguraba que un individuo no pasaba demasiado tiempo dedicado a una misma actividad que no generara recompensa, según ha propuesto Marc Wittmann, investigador alemán experto en salud mental. En otras palabras, perder la paciencia generaba el impulso necesario para actuar. Y podía marcar la diferencia entre vivir o no. Sin embargo, a estas alturas, en el actual estado de bienestar, ser impaciente tiene pocas ventajas (o ninguna).

Por suerte, las matemáticas salen en auxilio de los impacientes.

Concretamente la llamada teoría de colas, que entre otras muchas cosas es la madre de las populares colas en serpentina o filas únicas. Un gran invento, no sólo porque reducen el tiempo que pasamos esperando. Además, se ha comprobado que disminuyen la ansiedad porque el cliente no compara con otras colas paralelas para valorar si son más rápidas o más lentas, ni se ve en la tesitura de elegir. Y es que, en lo que respecta a la espera, la psicología suele pesar más que los datos. No en vano, se calcula que sobreestimamos en un 36% el tiempo que pasamos en una cola.

Que en las largas colas frente a los controles de seguridad de los aeropuertos se nos obligue a caminar y aparezca el mensaje: «Tiempo estimado de espera, 15 minutos» no es casual. Está demostrado que la impaciencia se reduce tanto si nos entretenemos y nos desplazamos, como si nos informan del tiempo previsto de demora. Incluso si la estimación resulta poco precisa.

Por otro lado, la espera nos inquieta menos si se divide en varias partes. De ahí que en los establecimientos que sirven comida rápida a los coches, el pedido se haga en un sitio, se pague en otro y se coja la comida en una tercera ventanilla. Otra estrategia para domar a nuestra impaciencia. Aunque la táctica más efectiva es ignorar el reloj y distraerse. Ésa es la razón de que haya espejos en las paredes de los ascensores: cuando se erigieron los primeros rascacielos en Manhattan, los usuarios se quejaban de su lentitud. A alguien se le ocurrió la genial idea de forrarlos de espejos. De este modo lograron que sus ocupantes se distrajeran durante el viaje arreglándose el pelo, olvidándose de contar los minutos. Como recalcan los expertos, la olla vigilada nunca hierve. Y estar en la cola atento al transcurso del tiempo hace que la espera parezca eterna y nuestra cola, infinitamente más lenta que el resto.

Así guardamos cola

Frontera mental

Cuando una cola tiene más de seis personas nos lo pensamos dos veces antes de unirnos a ella.

Mal de muchos

Si la cola detrás de nosotros es larga, esperamos de mejor humor nuestro turno, y raramente la abandonamos.

Ansiedad

Entre una cola corta que va despacio y una larga que avanza rápido, escogemos la primera…aunque sea un error.

Dejen respirar

Para sentirnos cómodos y no estresarnos, necesitamos que nos separen 15cm del anterior y del siguiente.

Ambiente

Es más relajado guardar cola en una habitación con luz tenue y paredes verdes o azules

Que suene Madonna

La espera es más llevadera si escuchamos canciones pop clásicas. Nunca baladas ni novedades.

Espíen al vecino

Mejor las colas con poca gente aunque tengan carros llenos. Retrasa más la interacción con los clientes que pasar los productos.

Siga al hombre

Según la Universidad de Surrey, conviene elegir la cola con más hombres. ¿Por qué? Son más impacientes y, por tanto, más propensos a irse si la espera se prolonga.

De derechas

Los diestros tienden a elegir inconscientemente la cola de su derecha. Por eso las más rápidas suelen quedar a nuestra izquierda.

Tiempo

Según el University College de Londres, lo máximo que está dispuesto a esperar un británico en una cola sin irse son 5 minutos y 54 segundos.

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