‘Vivimos en un mundo dislocado’, una entrevista inédita con Sergio Pitol

Recuperamos un diálogo sostenido en el año 2000 a propósito de la publicación de su libro ‘El viaje’.

Héctor González/AN/abril 12, 2018 11:36 am. En Efectos personales, Juan Villoro escribió: “La narrativa de Sergio Pitol … no busca aclarar sino distorsionar lo que mira”. Incansable trabajador: traductor, ensayista, novelista y cuentista, fue un hombre que vivió por y para la literatura.

A lo largo de su vida obtuvo los mayores reconocimientos a los que puede aspirar un escritor en lengua castellana. Ganó el Premio Xavier Villaurrutia, el Cervantes, el Juan Rulfo, entre muchos otros.

La entrevista que a continuación presentamos se realizó en el año 2000, a propósito de la publicación su libro El viaje (Era).

Al principio de su libro El viaje, menciona que antes de escribirlo sentía una deuda con la ciudad de Praga en el sentido de que se había quedado como ausente dentro de su obra.

Fui a principios del año pasado a Praga. Esto después de muchos años, desde el 88 no había vuelto. Entonces una revista virtual me conectó para decirme que les interesaba una crónica sobre este viaje. Cuando llegué me emocioné otra vez muchísimo con la belleza de la ciudad. Creo que es una de las dos ciudades más hermosas del mundo. Estaba muy emocionado, sobre todo por el poder recordar los lugares en los que viví, por los que paseaba, los lugares que descubrí en aquel periodo. He de mencionarle que desde el 68 llevo diarios, de tal forma que cuando llegué del viaje sentí mucha curiosidad por descubrir lo que sentí cuando yo llegué a vivir en aquella época.  Me interesaba ver como lo había registrado, pero cuando releí mi diario encontré que casi no había ninguna descripción de Praga. Ahora pienso que fue tan grande, tan intensa la emoción que pensar en describirla sería como reducirla, aunque bueno no sé, quizá también existan otras razones.

Imagino que, de esta búsqueda, de los recuerdos, las imágenes se desprendieron estos fragmentos de diarios.

Al leer estos textos salió un legajo de diez o doce páginas que es del que se desprende el libro. Un viaje en el que volví a la Unión Soviética donde había sido agregado cultural, y en el que visité Moscú, Leningrado y Georgia. El leer de nuevo este diario regresaron tantos recuerdos que sentí la necesidad de escribir una novela o relato. Entonces empecé a ampliarlos. Me piqué tanto que al muchacho que quería patrocinar mi viaje le dije que no me estaba saliendo bien lo que habíamos pactado y que mejor estaba transcribiendo las notas de un viaje a la ex URSS, evidentemente esto no era lo que él necesitaba. Yo nunca había trabajado como con este libro. Aunque parece que tiene una estructura muy suelta, está escrito de una manera muy cerebral para crear contrastes de páginas divertidas y trágicas. Cuando puse el punto final a las correcciones me vino un cansancio de años y de alguna manera constaté lo importante que ha sido todo lo ruso en mi vida, desde niño. A los doce años era un niño muy enfermo, sin embargo, ya había leído los seis tomos de La Guerra y la Paz de Tolstoi. Sin Chéjov mi vida sería mucho más desierta, la literatura rusa ha sido para mí un alimento inigualable.

¿Cómo se inicia en la literatura?

Fui huérfano desde muy pequeño, vivíamos en una región muy insalubre. Al poco tiempo de la muerte de mi madre empecé a tener los síntomas de paludismo y después resultó que era paludismo consultivo que es algo casi mortal y muy difícil de curar. Por lo mismo no tuve una escolaridad regular. Vivía casi encerrado en casa, al único lugar al que salía cuando estaba bien era al cine que estaba cerca. No podía jugar, ni hacer ejercicio. Una empleada muy jovencita, hija de una sirvienta de mi casa me enseñó a leer. En una ocasión unas tías me llevaron dos libros, uno de Verne y otro de Jack London. Para un niño que casi nunca sale de su cuarto, leer este tipo de aventuras resultaba algo maravilloso. Me parecía fantástico viajar, construir las casas pelear contra piratas… En los libros encontraba cosas notables. Leí casi todo Verne y pasé a las novelas del siglo XIX. A los doce años ya leía a los Contemporáneos y había aprendido idiomas. No tengo ningún recuerdo horrible de la infancia, salvo las tragedias de mis padres, pero de decir que sufría con mi enfermedad ¡no, al contrario!

¿Cómo le floreció la vena de escritor y dónde empezó a publicar?

Nunca pensé que iba a ser escritor. A veces lo que se me antojaba porque sentía que era lo mejor, era ser autor de teatro. En la adolescencia mi salud ya estaba bien, eso me permitió tomar un curso en Filosofía y Letras, de Construcción y Teoría Dramática que daba una profesora extraordinaria llamada Luisa Josefina Hernández. Leíamos las tragedias griegas y nos las explicaba. Después de haber visto varias nos hizo que hiciéramos ejercicios dramáticos que tuvieran el tema de tragedias como Edipo o Electra pero con personajes de nuestro siglo. Le estoy hablando de 1951 o 52. Con la práctica descubrí que cada vez que hacía este ejercicio, lo que hacia era casi un cuento. Tan solo faltaba limar y añadir algunas secuencias, pero por alguna razón me resistía a la idea de ser escritor. Luego, en alguna ocasión cuando estaba muy neurasténico por muchas cosas y estaba como fastidiado de la vida –era mi adolescencia-, me fui unas semanas a una casa de campesinos en Tepoztlán. Hice ejercicio y leí mucho, me estaba sacando los fantasmas de la mente. Y un día por alguna razón me senté con un cuaderno y en lugar de hacer la nota de un libro para la editorial en que trabajaba, me puse a escribir por muchas horas y salió un cuento. Lo cual me dejó perplejo y feliz, pero a la vez asustado. En los días siguientes escribí dos cuentos más. A mi regreso de Tepoztlán a México ya era escritor. Más adelante conocí a Monsivaís y a José Emilio Pacheco, quienes hacían una sección en una revista que se llamaba Estaciones; la sección de ellos tenía por nombre Ramas Nuevas. Cuando los conocí les leí el cuento Victorio Ferri cuenta un cuento, mismo que me pidieron para publicar. Mientras seguí leyendo y escribiendo, hasta que una vez me dijo José Emilio que Juan José Arreola estaba publicando Cuadernos del unicornio, una colección en la que había tanto clásicos como escritores jóvenes. El caso es que fuimos a su casa, platicamos con él, le dejamos unos textos. A los pocos días volvimos y nos dijo que le habían gustado y que los iba a publicar casi de inmediato. Esto fue un estímulo muy fuerte para seguir escribiendo. Aunque al poco tiempo sentí que la capacidad para escribir se me había terminado, como si hubiera sido un fuego fatuo que llegó se encendió y desapareció. Pero en el 61 viajé a Italia y a Europa, no sabía por cuanto tiempo iba. Vendí casi todo -libros, cuadros-, deshice mi departamento y me fui hasta que se acabara el dinero. Ya en el barco me vinieron recuerdos de mi niñez, de la casa de mi familia, de cosas que habían sucedido en Córdoba, entonces comencé de nuevo a escribir. Por lo menos escribí dos relatos en el barco, pero ya en Italia me pasó como ahora con El viaje, me sentaba en un café y no podía pararme creo que era una especie de ajuste de cuentas con mi niñez, con mi familia y con la adolescencia. Ahí inició de plano mi vida como escritor.

¿Le funciona la literatura como un ajuste de cuentas?

Al principio sí, era como una venganza por estar enfermo, por sentirme como un niño envuelto en celofán y siempre estar protegido. ¡Yo quería ser como un personaje de Julio Verne! Aunque creo que también ahora es un ajuste cuentas, solo que ahora con la sociedad.  Estas cosas paródicas que escribo contra el Estado, contra la sociedad constituida, contra ciertos mecanismos que considero injustos y violentos, no son otra cosa que descargas.

Quizá aquí valdría establecer una analogía entre la literatura y su título El arte de la fuga…

Sí, porque es una fuga de la realidad y de los primeros viajes que hacía. Trabajaba yo como freelance, me ayudó mucho conocer idiomas. Fui maestro en Inglaterra, editor en Barcelona, a veces decía yo: ‘aquí se acabó, ahora me voy a otro lado’. Se me hacía fácil porque no tenía jefes, lo único que tenía era una máquina de escribir y un diccionario. El título de El arte de la fuga me dice muchas cosas, fuga de uno mismo, fuga de una obsesión, fuga mental.

En El vals de Mephisto usted escribe casi como definición: “el sentido de la narración es el tejido de asociaciones y reflexiones”, ¿así lo ha concebido siempre?

Así es, siempre en mis cuentos y en mis novelas. Procuro tejer vasos comunicantes entre géneros y disciplinas. Por ejemplo: la música, la literatura, la vida social, la lectura, lo político, la sociedad con los amigos y con el entorno. Siempre he sentido que hacer una novela o un cuento perfectamente claro, en el que empezara yo desde el principio y terminara citando varias etapas importantes de una manera cronológica, es algo que no me interesa. Lo que me interesa es que en todos mis libros exista un misterio, un crimen, una historia de familia aberrante y entonces sí, ligar y ligar cosas.

¿Cuando se relee de qué manera siente que ha cambiado su percepción de las cosas?

Una constante en mis libros y en mi pensamiento es la creencia de que vivimos en un mundo que esta dislocado. Que vivimos en un mundo malhecho, francamente bestial, donde sobrevivimos y encontramos las maneras de no hundirlo. Por ejemplo, desde niño me ha fastidiado la desigualdad, la conciencia de que un grupo o familias se sientan superiores. Ese tipo de cosas me producen una cólera inmensa y que seguramente es uno de los motores que me incitan a escribir, aunque muchas veces esa cólera no se vea.

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