Y su marido la dejó en silla de ruedas

-Wafa, tetrapléjica, quiere contar su caso para que la sociedad visualice a las víctimas olvidadas de la violencia de género: las heridas de por vida; -Hoy pinta con la boca, lanza dardos, participa en el grupo de batucada, pilota un avión con la Wii… Rebosa ganas de vivir.

ANA MARÍA ORTIZ / El Mundo /25 abr. 2017 10:09. Quiere mostrarnos cómo usa el teléfono móvil con la boca pero no llega a alcanzar el puntero, colocado 10 centímetros a la izquierda de su cara, a la altura de la sien. Prueba varias veces sin éxito. Hasta que logra encajarlo en el hueco que queda entre la montura de sus gafas y la ceja, y ahora sí, de un rápido movimiento hace que caiga hasta los labios y lo atrapa. «Así es cómo lo manejo», habla a la vez que sujeta el puntero con la boca y activa con él la pantalla del móvil, anclado a su silla de ruedas.

Wafa, de 29 años, tiene movilidad en la cabeza y también cierta actividad residual en el brazo izquierdo, desde el hombro hasta la altura del codo. Nada más. Para salir de la habitación en la que nos encontramos, el despacho de la psicóloga que la atiende en la Fundación del Lesionado Medular (FLM), necesita que alguien le abra la puerta. También precisa de otra persona para beber agua, lavarse los dientes o secarse las lágrimas si llora.

De aquella semana no conserva ningún recuerdo claro. La última imagen nítida que le viene a la cabeza si se desplaza mentalmente hasta allí corresponde al domingo 19 de octubre de 2014: está regresando a casa tras una salida con una amiga. Lo siguiente que visualiza es despertar en la UVI del hospital Puerta del Hierro, en Majadahonda (Madrid), una semana o 10 días después, y empezar a percibir que el cuerpo no le responde. De lo sucedido el jueves 23 de octubre nadie le contaba nada. No se atrevían. Cada vez que Wafa se emocionaba las máquinas a las que estaba conectada pitaban y ya le había fallado una vez el corazón.

El primero en soltarle una mentira piadosa fue su tío.

-¿Qué me ha pasado?

-preguntó Wafa.

-Te has caído.

-¿Me he caído porque él me perseguía?

-Sí.Luego su madre le contó casi la verdad.

-¿Qué me ha pasado?

-Él te ha disparado y ha huido en tu coche, pero luego lo ha detenido la Policía.Aun fuertemente medicada, el miedo le impedía dormir por las noches: «Soñaba que él se escapaba de la Policía y que venía a terminar lo que comenzó», dice.Fue una amiga la que finalmente le contó toda la verdad, el desenlace final incluido.

-¿Qué me ha pasado?

-Él te disparó, huyó en tu coche y se suicidó. Está muerto.Volvemos al presente y preguntamos nosotros ahora a Wafa.

-¿Y qué sentiste al saber que él había fallecido?, ¿alivio porque ya no podría hacerte más daño?

-Hubo muchos sentimientos, al principio fue de culpa.

El suceso fue muy espectacular, por los tiros en plena calle, por lo que prácticamente todos los medios de comunicación se hicieron eco del caso. Un artículo cogido al azar dice: «La mujer de 27 años que ha sido tiroteada este jueves por un hombre en la localidad madrileña de Galapagar tenía en vigor una orden de protección de su expareja, un hombre de 30 años que luego se suicidó con el mismo arma dentro de un coche en El Escorial. (…) Sanitarios de una unidad de vigilancia intensiva móvil del Servicio de Urgencia Médica de Madrid atendieron a la víctima que se encontraba inconsciente y en parada cardiorrespiratoria y tras practicarle maniobras de reanimación la trasladaron al citado centro sanitario….».

Las noticias sobre Wafa prácticamente acabaron ahí. Pocos medios de comunicación hicieron un seguimiento del caso.¿Sobrevivió la chica? Si lo logró, ¿en qué estado quedó? ¿A cuántas mujeres como Wafa condena la violencia de género a una silla de ruedas?

La respuesta a la primera pregunta es que Wafa no falleció. A la segunda, que la bala le quebró las vértebras cervicales C3, C4 y C5 dejándola tetrapléjica. A la tercera pregunta no hay respuesta. Ni el Ministerio de Sanidad ni el Ministerio de Justicia ni el Observatorio de la Violencia de Género dependiente del Consejo General del Poder Judicial contabilizan exactamente el número de mujeres que resultan heridas cada año como consecuencia de la violencia de género ni el grado de sus lesiones.

Se desconoce cuántas sufren una incapacidad o una gran invalidez como Wafa tras ser disparadas, apuñaladas o empujadas por la ventana. El único indicio se encuentra en la memoria del Consejo General del Poder Judicial: en 2015, los juzgados españoles registraron 30.990 delitos y 1.138 faltas por violencia de género. De los primeros, algo más de la mitad, 15.900 (el 53,5%), fueron relativos a lesiones: una media de 43 al día. ¿Se trataba de pequeños traumatismos o de grandes lesiones?

La cafetería de la Fundación del Lesionado Medular, ubicada en el madrileño barrio de Vallecas, tiene mesas en torno a las cuales no hay sillas. Las sillas se encuentran en lateral de la izquierda, alineadas y subidas a un pequeño altillo, por si alguien sin lesión medular entra a tomar un café. En la planta de arriba están las habitaciones donde viven permanentemente 64 personas. Entre ellas Wafa. Ni su piso en Collado Villalba (Madrid) ni el de sus padres eran adaptables a su nueva situación.

El día que esperamos en la cafetería es nuestra segunda visita. Ha habido un encuentro previo, sin fotógrafo ni cámara de vídeo, sólo con la redactora y con la presencia de la psicóloga que atiende a Wafa, quien quiere supervisar la entrevista, asegurarse de que remover lo sucedido no la altera más de lo conveniente. Si Wafa se ha prestado a aparecer en la prensa es para que su imagen y su testimonio sirvan para visualizarla a ella y a las otras víctimas de la violencia de género en las que nadie parece reparar: las heridas de por vida.

Comenzamos por lo fácil, una breve semblanza: ¿dónde naciste?, ¿cuándo te trasladaste a España?, ¿cuántos hermanos tienes?

-Me llamo Wafa -no pongas mi apellido-, nací en Larache, Marruecos, el 11 de agosto de 1987. Cuando tenía tres años me vine a España con mis padres. Soy la de segunda de seis hermanos. Mi padre trabajaba de albañil. Estudié hasta la ESO y luego hice un curso a distancia de azafata de congresos y relaciones públicas. Mi último trabajo fue como comercial en Procter & Gamble. A mi marido lo conocí por el novio de una amiga, en 2004. Yo tenía 17 años. Él también era marroquí. Cuatro años de noviazgo: estamos, lo dejamos, estamos, lo dejamos… En 2008 nos casamos. Desde el principio no fue bien, pero por el miedo que yo tenía no acabé antes. Hubo violencia física bastante y psicológica mucho más, que creo que hace más daño que la física, porque los golpes se van. En abril de 2014 [seis meses antes de la agresión] dije «basta», por una discusión que tuvimos, una lucidez que me dio, me di cuenta de que había cambiado demasiado, que había dejado de ser yo para vivir a lo que él quería y como él quería. Me fui a vivir con un tío mío, un tío que él no sabía dónde estaba porque no tenía relación con la familia, pero no dejó de buscarme hasta que me disparó…

Mientras gestionábamos la entrevista con Wafa en los informativos se colaba el desgarrador testimonio de Conchi, quien declaraba en el juicio contra su marido en la silla de ruedas en la que quedó postrada tras saltar por la ventana huyendo de una de sus palizas. «Subí al alféizar para que parara, pero vino hacia mí como un loco y no tuve más remedio que saltar», decía ante el juez. El pasado martes, su agresor fue condenado a 19 años y cinco meses de prisión.

La historia de Conchi estaba recogida en nuestras notas, rescatada de la hemeroteca cuando buscábamos noticias sobre otras mujeres con paraplejia o tetraplejia por culpa de la violencia de género: «17/06/2015. Polanco (Cantabria). 32 años. Se tiró por la ventana cuando intentaba zafarse de su agresor. Su hijo de entre tres y cinco años le llevó el teléfono para que pudiera pedir ayuda».

Wafa conoció a Conchi en el Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo, pero apenas intercambiaron unas palabras. Wafa llevaba unos meses ingresada cuando Conchi llegó. Se acercó a ella y trató de entablar conversación: «Hola, me han dicho que te ha pasado lo mismo que a mí, que tu marido te ha provocado esto…». «Sí», respondió escuetamente la nueva, probablemente aún en el duro trance psicológico de tener que asumir su situación.

Fue precisamente en el Hospital de Parapléjicos de Toledo donde se ha realizado el único conato de estudio sobre lesionadas medulares víctimas de la violencia de género. En 2005, la doctora María Ángeles Alcaraz, médica adjunta del área de rehabilitación de este centro, descubrió que algunas pacientes ocultaban que había sido un maltratador quien las había condenado a la silla de ruedas. Se puso a revisar antiguos expedientes y contó hasta siete mujeres en las mismas circunstancias en una década. Ninguna de ellas figuraba como víctima de la violencia de género porque no habían denunciado ni contado el verdadero origen de sus lesiones.

De las notas de la doctora Alcaraz, que no continuó con la investigación, se puede extraer el siguiente perfil: 32 años de media cuando sufrieron la agresión; tres españolas y cuatro extranjeras; tres atacadas con un arma blanca, tres heridas por precipitación y una víctima de un accidente de tráfico provocado por el agresor. Dos de ellas estaban embarazadas en el momento de los hechos. Tras el alta, una de ellas regresó a casa con el maltratador. No hay más pistas de qué ha sido de las siete ni de si la administración siguió y se preocupó por sus casos.

Wafa cuenta que ella personalmente se sintió absolutamente abandonada.

-¿Qué has echado exactamente de menos?

-Primero, ayuda psicológica. Y no sólo para mí, sino también para mi familia, porque esto es muy difícil de asumir para todo el mundo. Y ayuda económica también. Cobro una pensión por gran invalidez pero en mi situación necesito muchas cosas que son muy caras. La silla que tengo vale entre 3.000 y 6.000 euros pero las hay de hasta 30.000 euros. Y necesito una persona que me asista todo el día porque no puedo hacer nada por mí misma, un coche en el que quepa la silla si quiero ir a cualquier parte… Contraté a un abogado, a ver si podía hacer algo y me ha conseguido una ayuda para víctimas de delitos violentos y agresiones sexuales. Me la acaban de conceder. Entre 30.000 y 60.000 euros, me ha dicho…A las 12.00 de la mañana a Wafa la encontramos en la clase de pintura. Es un ejemplo de superación. Está aprendiendo a manejar el pincel con la boca y ya ha firmado sus dos primeras obras: una rosa, en acrílico, que cuelga en uno de los pasillos del centro y un retrato de la escritora Rosa Chacel, que dibujó con tinta china para el Día de la Mujer. El próximo julio la Fundación del Lesionado Medular cumple 20 años y entre los actos de celebración se ha convocado un concurso de pintura. A Wafa le gustaría participar reproduciendo uno de los logos que se usaron para impulsar la marcha estatal contra la violencia machista del pasado 7 de noviembre: el rostro de una mujer a la que un pañuelo tapa la boca, que para ella también simboliza el silencio al que se siente relegada.

Acaba la clase de pintura y Wafa se dirige al aula de informática, donde prueba el joystick que ha inventado el profesor, Antonio Hernández Porras. El aparato es muy revolucionario, ya que le permite realizar las múltiples funciones de un ratón con soplidos y golpecitos de barbilla. Hoy no hay clase de batucada, si no nos mostraría también cómo toca un instrumento de percusión de origen árabe llamado barduka. Se deja ver mucho por la sala donde lanza dardos con una cervatana, aprovechando la fuerza de su soplido. Aunque su principal divertimento, confiesa, son los videojuegos. Sobre todo el Wii Sports Resort. Lo enciende y simula estar de vacaciones en Wuhu Island, donde puede desarrollar hasta 12 deportes. Wafa practica el tiro con arco o el tenis de mesa, hace piruetas subida a unos esquís acuáticos, vuela…@Anamaortiz

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